Te quiero. Te quiero como nunca he querido a alguien y te quiero como no quiero querer a nadie más que a ti. Te quiero como quieras, te puedo querer como se quiere a las mujeres los viernes en la noche, o te puedo querer como se quiere a la gente que elige llamarlo a uno a las tres de la mañana tras una pesadilla que no permite volver a conciliar el sueño.
Te quiero. Te quiero sin misericordia, te quiero como los marinos quieren a sus amantes después de embarcar en un puerto, y te quiero como los marinos también quieren a sus esposas. Te quiero a la luz de las velas, te quiero cuando chocamos nuestras copas, cuando chocamos nuestros cuerpos y cuando chocamos con el mundo; y también te quiero con la cara mojada en llanto, con tus manos sobre las mías, con tus domingos a las cinco. Te quiero despelucada y te quiero recién despierta, te quiero en nuestros desvelos y nuestros afanes, te quiero en los almuerzos con mi familia y te quiero en la intimidad. Te quiero con desenfreno y con devoción. Te quiero, te quiero de deseo y te quiero con Amor; te quiero como sólo yo sé quererte y te quiero como cualquier hombre quiere a una mujer. Te quiero y te quiero, y quiero quererte queriéndote, y desde el querer; y como quieras que te quiera también te quiero.
Tú solo quiéreme y quiéreme, quiéreme como quieras, pero quiéreme.
martes, 26 de febrero de 2013
jueves, 14 de febrero de 2013
Improvisación
El portazo dejó caer a su paso un alarido de exclamación aún cuando el disco decía en ese mismo instante que sonó como un signo de interrogación. A partir de ahí, nada; imaginarla apagando las velas, cambiar la radio de estación, lavar las copas de cristal, y él, turista en el lecho de la soledad, tuvo que meterse con toda la delicadeza del caso para no caer en el abismo brutal de la nostalgia justo después de su partida. Por supuesto que era peligroso darse la oportunidad de sentir frío por no sentir una vez más sus piernas buscando entrelazarse con las suyas, y extrañar el beso de buenas noches equivalía a inmolarse a la salida de la misa dominical; con la diferencia de que en el segundo escenario él sería considerado como un valiente, mientras en el primero sólo pasaría por tonto.
Pues bien, esa noche cayó. Como si no hubiera dejado las flores en el balcón, como si no confiara en que ella las fuera a regar, como si los espejos realmente fueran los que le gritan cuando se ve en ellos, como si la gente que se Ama tanto pudiera decirse adiós, o como si en ese caso en particular ambos no estuvieran seguros del final. Ambos tenían el guión de la historia y sabían a dónde tenían que llegar, pero ellos eran más de los actores que se dejan llevar por la emoción. Improvisar es todo un arte, es el arte de llegar al norte caminando hacia el sur.
Pues bien, esa noche cayó. Como si no hubiera dejado las flores en el balcón, como si no confiara en que ella las fuera a regar, como si los espejos realmente fueran los que le gritan cuando se ve en ellos, como si la gente que se Ama tanto pudiera decirse adiós, o como si en ese caso en particular ambos no estuvieran seguros del final. Ambos tenían el guión de la historia y sabían a dónde tenían que llegar, pero ellos eran más de los actores que se dejan llevar por la emoción. Improvisar es todo un arte, es el arte de llegar al norte caminando hacia el sur.
lunes, 4 de febrero de 2013
Carta Abierta
Partiendo de la realidad ineludible de que no soy nadie para estar dando consejos, estoy obligado a darle rienda suelta a todas las maquinaciones que me produce el estar amordazado sin más consuelo del que saber —confiar, para ser más preciso— que lo que me está pasando en este momento es una fiebre de mis sentidos, y que las cosas quizá no estén tan mal, que si están tan mal pueden mejorar, o que si no puedo cambiar nada, la infinita misericordia del universo hacia nosotros nos dotó de esa herramienta que tanto odiamos pero que es la única que nos puede salvar: la costumbre, la que nos pierde todos los días de lo que somos, comportándonos precisamente como somos.
Por supuesto que es una decisión difícil escoger cuál es la respuesta más acertada cuando uno se sabe con el cañón apuntando justo entre ceja y ceja, y se convierte en algo casi religioso, ontológico, definitorio, una decisión inconmensurable y capaz de reducir hasta el último de los suspiros en plegarias para una muerte certera y piadosa, como también puede convertirse en el paraíso terrenal, o en el eterno vacío antes del totazo. Como se quiera, en cuestión de posturas ideológicas el menú es a la carta.
Podríamos hacer como si nada estuviera pasando y darle la espalda a todo aquello que está incomodando para no caer en el existencialismo recalcitrante que hizo de Hemingway un tísico suicida. Podríamos entonces entrar en rutinas de autocontrol para calmar el estrés, tomar fluoxetina, ir a caminar los domingos en la mañana, evitar darnos muy duro en la cabeza con el ron que nos metemos los viernes en la noche y tomar leche caliente para que Morfeo nos lleve sin que nuestras cabezas logren escribir la historia de lo que pudo haber sido.
Adormecernos, comer poco, hablar poco, sentir poco y dejarnos inyectar anestesia por todo el cuerpo para que pase lo que sea que pase sin la autodestrucción ulterior. ¿Pero acaso adormecer los sentidos no es igual a vivir sin sentirse vivo?
Podríamos entonces aferrarnos a que todo va a estar bien y pasar la vida pensando en que la tormenta cesará o que las nubes van a ganarle espacio al sol en el cielo, pero en el momento en el que la tormenta arrecie o el sol frite nuestros hombros, nos veremos frente a la tortuosa realidad de ser unos desdichados que después la historia borrará para poder contarle a los niños esas historias que nos hicieron creer a nosotros que había razones para ser optimistas.
También podríamos acostumbrarnos. Pero no. Acostumbrarnos nunca, eso sería decir que no nos incomodara, y esa afirmación es entre muchos otros adjetivos, mediocre y pírrica. Indigna de nosotros los que nos molestamos en pensar qué hay que hacer en caso tal de que estemos maniatados por la desazón
La cura, o por lo menos la mía, es mandarle a usted estos abrazos en palabras. Abrazos torpes en palabras torpes. Es como abrazar el aire. Abrazar la vida para que se acuerde que acá, a este lado de la pantalla, está un alma en pena con la cabeza en alto y dispuesto a correr sin pies para socorrer a quien lo necesita.
Y a quién no lo necesita también.
Nadie necesita un abrazo tan mal dado.
Por supuesto que es una decisión difícil escoger cuál es la respuesta más acertada cuando uno se sabe con el cañón apuntando justo entre ceja y ceja, y se convierte en algo casi religioso, ontológico, definitorio, una decisión inconmensurable y capaz de reducir hasta el último de los suspiros en plegarias para una muerte certera y piadosa, como también puede convertirse en el paraíso terrenal, o en el eterno vacío antes del totazo. Como se quiera, en cuestión de posturas ideológicas el menú es a la carta.
Podríamos hacer como si nada estuviera pasando y darle la espalda a todo aquello que está incomodando para no caer en el existencialismo recalcitrante que hizo de Hemingway un tísico suicida. Podríamos entonces entrar en rutinas de autocontrol para calmar el estrés, tomar fluoxetina, ir a caminar los domingos en la mañana, evitar darnos muy duro en la cabeza con el ron que nos metemos los viernes en la noche y tomar leche caliente para que Morfeo nos lleve sin que nuestras cabezas logren escribir la historia de lo que pudo haber sido.
Adormecernos, comer poco, hablar poco, sentir poco y dejarnos inyectar anestesia por todo el cuerpo para que pase lo que sea que pase sin la autodestrucción ulterior. ¿Pero acaso adormecer los sentidos no es igual a vivir sin sentirse vivo?
Podríamos entonces aferrarnos a que todo va a estar bien y pasar la vida pensando en que la tormenta cesará o que las nubes van a ganarle espacio al sol en el cielo, pero en el momento en el que la tormenta arrecie o el sol frite nuestros hombros, nos veremos frente a la tortuosa realidad de ser unos desdichados que después la historia borrará para poder contarle a los niños esas historias que nos hicieron creer a nosotros que había razones para ser optimistas.
También podríamos acostumbrarnos. Pero no. Acostumbrarnos nunca, eso sería decir que no nos incomodara, y esa afirmación es entre muchos otros adjetivos, mediocre y pírrica. Indigna de nosotros los que nos molestamos en pensar qué hay que hacer en caso tal de que estemos maniatados por la desazón
La cura, o por lo menos la mía, es mandarle a usted estos abrazos en palabras. Abrazos torpes en palabras torpes. Es como abrazar el aire. Abrazar la vida para que se acuerde que acá, a este lado de la pantalla, está un alma en pena con la cabeza en alto y dispuesto a correr sin pies para socorrer a quien lo necesita.
Y a quién no lo necesita también.
Nadie necesita un abrazo tan mal dado.
domingo, 27 de enero de 2013
El Abismo
Hablar en primera persona siempre fue una de las enfermedades que nos llevaron, terminales y arrepentidos, a elevar plegarias con nuestras gargantas tísicas de tanto trajín a ese dios que nunca volteó a mirarnos agradado. Con las manos juntas y las rodillas raspadas íbamos asomándonos al abismo a la vez para no tener que llorar al otro en caso tal de que sucumbiera ante tal inmensidad. Estábamos en el fin del mundo y aún así nos reíamos de todo lo que estaba pasando alrededor solo por no perder la costumbre que llevamos durante todo el trayecto, y que finalmente, era la culpable de que estuviéramos allí. Nos perdimos sólo una vez, cuando en medio del camino encontramos un problema para contar la historia, no nos entendimos, hablamos por nosotros –tú por ti y yo por mí – y aún sabiéndonos en el error, seguimos haciéndolo motivados por esa vanidad y orgullo que se nos derrama a borbotones cuando alguno de nosotros se siente con el control de la situación.
Nos equivocamos. Ninguno de nosotros podía siquiera pretender tener el control de la situación. No hay control, y de eso se trataba; se trataba de retarnos –tú conmigo y yo contigo, nosotros – de llegar hasta donde nadie nunca había llegado, hasta la cima más alta escalada por alguien en todos los tiempos. Exhaustos, nos rehuimos a arrecular frente a las circunstancias que nos iban intimidando. Llegamos, sí, pero nos sentimos más nimios que nunca.
Lo logramos, no importó cómo fue que contamos la historia, llegamos hasta donde nadie ha logrado pensar, nos pasamos a dios sin tener el control porque él, aborregado, se sabe como una invención de alguien que sí tiene carne y hueso. Nunca importó cómo fue que contamos la historia, lo que importó fue que la tortura la soportamos juntos; y que aunque queramos –tú para ti y yo para mí – hablar en primera persona, tu historia y la mía son la misma. Caminamos juntos y fuimos lo mismo: huesos cubiertos por carne que fueron capaces de despertar la envidia de dios sin saber lo que estaban haciendo.
Luego, sucumbimos satisfechos ante el abismo.
Nos equivocamos. Ninguno de nosotros podía siquiera pretender tener el control de la situación. No hay control, y de eso se trataba; se trataba de retarnos –tú conmigo y yo contigo, nosotros – de llegar hasta donde nadie nunca había llegado, hasta la cima más alta escalada por alguien en todos los tiempos. Exhaustos, nos rehuimos a arrecular frente a las circunstancias que nos iban intimidando. Llegamos, sí, pero nos sentimos más nimios que nunca.
Lo logramos, no importó cómo fue que contamos la historia, llegamos hasta donde nadie ha logrado pensar, nos pasamos a dios sin tener el control porque él, aborregado, se sabe como una invención de alguien que sí tiene carne y hueso. Nunca importó cómo fue que contamos la historia, lo que importó fue que la tortura la soportamos juntos; y que aunque queramos –tú para ti y yo para mí – hablar en primera persona, tu historia y la mía son la misma. Caminamos juntos y fuimos lo mismo: huesos cubiertos por carne que fueron capaces de despertar la envidia de dios sin saber lo que estaban haciendo.
Luego, sucumbimos satisfechos ante el abismo.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Linda
Ella me pareció una mujer linda. De hecho era tan linda que en el barco de mi vida ella sería el mascarón de proa. Tenía la piel de un color tostado cobrizo, de mirada punzante, extremidades largas y delgadas, y tenía los labios carnosos. ¿Qué más podía pedir? Atravesó el bar para sentarse frente al bartender, pidió una cerveza, cerró los ojos y pareció entrando en trance con la música del lugar. Ella se fue. Seguramente estaba en altamar, o en el pico más alto de la cordillera peruana (¿Peruana? se parecía más a la onda do mar do amor de Caetano Veloso). Bueno. El caso es que no estaba ahí, que se fue. Sí. Con seguridad estaba muy lejos de ahí porque solo abría los ojos cuando iba a tomar otro sorbo de cerveza que poco a poco se había entibiado entre sus manos. O quizá no. Quizá había peleado con su novio y lo único que quería era emborracharse en un bar y cerrar los ojos para que nadie la importunara con regalos anónimos. Muy seguramente se sabía de memoria el diálogo. Hola, vi que tu cerveza se está acabando y vine a traerte otra. Gracias. ¿Te molestaría si me siento a tomármela contigo? Ya sabes, para que no estés tan sola. No, no me molestaría, pero si estoy sola es porque quiero. Con seguridad que conmigo te animas. Me animaría más si no me hablas.
Y tener que pararse, y tener que irse. Mejor cerrar los ojos.
¿Y si esperaba a alguien más? A su novio (¿Tendría novio? Esas chicas siempre tienen novio), o a su otro chico que muy seguramente sería un fotógrafo, o un músico. Un chico más interesante que su novio, quizá que le lleva ganas desde hace rato, pero agh, su novia, su novio, terminar, empezar algo nuevo, caer en la rutina inevitable de las parejas estables; no, mejor así. A hurtadillas de todo el mundo, en un bar que nadie conocido frecuenta, donde el ventilador revuelve el olor a cigarrillo y sudor, donde no suena la música moderna, donde el licor es barato, donde los viejos se duermen sobre la mesa. Sí, nada como la adrenalina de hacer las cosas a escondidas.
Quizá no. Ella no se veía como ese tipo de personas que tienen a alguien más (ese tipo, esa clase, esa carroña, esa especie, esos, ellos, los otros, la chusma). No. Ella tenía que ser sin duda alguna una mujer dedicada a lo que quiere, entregada, sincera, de las que bailan por no caer y ríen para poder vivir. Quizá bailaba, o pintaba, o era actriz, o las tres.
Ya sabía que cantaba boleros, y que le gustaba vestirse de colores pastel, y que tomaba cerveza. Me paré. Me volví a sentar. ¿Qué le iba a decir?
Escribámosle. Digámosle que me la encontré en un bar de mala muerte. Que hoy la luna parece pintada con un crayón amarillo. Que me acordé de ella porque la luna está linda, y que me la imaginé en un bar, con los ojos cerrados. Esperando a un tipo, o deseando estar sola. O esperándome a mí.
Linda. Mais que demais. Você é linda, sim. Onda do mar do amor que bateu em mim. Você é linda, e sabe viver.
Y tener que pararse, y tener que irse. Mejor cerrar los ojos.
¿Y si esperaba a alguien más? A su novio (¿Tendría novio? Esas chicas siempre tienen novio), o a su otro chico que muy seguramente sería un fotógrafo, o un músico. Un chico más interesante que su novio, quizá que le lleva ganas desde hace rato, pero agh, su novia, su novio, terminar, empezar algo nuevo, caer en la rutina inevitable de las parejas estables; no, mejor así. A hurtadillas de todo el mundo, en un bar que nadie conocido frecuenta, donde el ventilador revuelve el olor a cigarrillo y sudor, donde no suena la música moderna, donde el licor es barato, donde los viejos se duermen sobre la mesa. Sí, nada como la adrenalina de hacer las cosas a escondidas.
Quizá no. Ella no se veía como ese tipo de personas que tienen a alguien más (ese tipo, esa clase, esa carroña, esa especie, esos, ellos, los otros, la chusma). No. Ella tenía que ser sin duda alguna una mujer dedicada a lo que quiere, entregada, sincera, de las que bailan por no caer y ríen para poder vivir. Quizá bailaba, o pintaba, o era actriz, o las tres.
Ya sabía que cantaba boleros, y que le gustaba vestirse de colores pastel, y que tomaba cerveza. Me paré. Me volví a sentar. ¿Qué le iba a decir?
Escribámosle. Digámosle que me la encontré en un bar de mala muerte. Que hoy la luna parece pintada con un crayón amarillo. Que me acordé de ella porque la luna está linda, y que me la imaginé en un bar, con los ojos cerrados. Esperando a un tipo, o deseando estar sola. O esperándome a mí.
Linda. Mais que demais. Você é linda, sim. Onda do mar do amor que bateu em mim. Você é linda, e sabe viver.
miércoles, 10 de octubre de 2012
Calvario
Tú con lo tuyo
y yo con lo mío,
el mundo se nos cae despacito.
se va carcomiendo
cada silencio
que tú callaste,
y que a mi me callaron.
Tú con tu cruz
y yo con la mía
nos encontramos
en esta balacera
de sabernos solos a pesar del ruido
y sabernos juntos
después del diluvio.
Tú tan frente mío y yo tan frente a ti,
en medio de este calvario que nunca merecimos,
conversando sin ningún sonido,
y contándonos
que aún sabiéndonos muertos
tu sonrisa me salva
y que una palabra mía
bastaría para salvarte.
Tú tan Dimas, yo tan Jesús
haciéndonos los desentendidos,
sabiéndonos tan parecidos,
y sintiéndonos tan conocidos;
busco en mi trinchera una certeza,
y me asalta la duda de saber
en medio de aquel silencio
quién fue el crucificado
que se arriesgó a romper el hielo
y yo con lo mío,
el mundo se nos cae despacito.
se va carcomiendo
cada silencio
que tú callaste,
y que a mi me callaron.
Tú con tu cruz
y yo con la mía
nos encontramos
en esta balacera
de sabernos solos a pesar del ruido
y sabernos juntos
después del diluvio.
Tú tan frente mío y yo tan frente a ti,
en medio de este calvario que nunca merecimos,
conversando sin ningún sonido,
y contándonos
que aún sabiéndonos muertos
tu sonrisa me salva
y que una palabra mía
bastaría para salvarte.
Tú tan Dimas, yo tan Jesús
haciéndonos los desentendidos,
sabiéndonos tan parecidos,
y sintiéndonos tan conocidos;
busco en mi trinchera una certeza,
y me asalta la duda de saber
en medio de aquel silencio
quién fue el crucificado
que se arriesgó a romper el hielo
martes, 18 de septiembre de 2012
Imposibles.
Somos imposibles.
Lo digo sin remordimiento alguno, sin certezas, despojado de las consideraciones empíricas y basándome simplemente en la razón.
Desde la razón, somos imposibles. Somos impensables. Inconcebibles.
Por eso hay que sentirlo, sin pensarlo.
Lo digo sin remordimiento alguno, sin certezas, despojado de las consideraciones empíricas y basándome simplemente en la razón.
Desde la razón, somos imposibles. Somos impensables. Inconcebibles.
Por eso hay que sentirlo, sin pensarlo.
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